Llanto al borde del Támesis...
Llegó un día entenebrecido, pareciese que ciertos demonios encapsularan mis pensamientos, tal como las reglas constriñen mi imaginación. Todo esto, hacia que mis pensamientos se volvieran ambiguos con lo que había pasado, mientras tanto el Támesis emitía asechanzas a todo aquel que pasaba y ocultaba lo frío y lúgubre que estaba el ambiente.
El Támesis estaba ampo mientras que a 10 metros de él, tristes niños desfilaban con miradas que diseñaban ambages en la plaza mayor. ¡La guerra había estallado! Gritaban las madres consternadas, cargando enjutos bebés en sus brazos. Mientras que aquel bilioso adalid, miraba con desidia a aquel desparpajo que se estaba ocasionando en la plaza mayor.
Yo seguía al pie del Támesis como un discente que recibe charlas de la mera vida, aquella que no era desiderable en este lugar del mundo, mientras que esta muy galante, nos mostraba que todo estaba acabado. Las personas se centraban en la plaza a esperar aquel contingente bombardeo, y quizás uno que otro niño ameno, iba transformando su sonrisa en aquel rostro ácido que se volvía asequible a lo largo de las horas.
1, 2, 3 el tic-tac de un reloj, colmaba la paciencia, mientras que aquellas señoras solteronas, anatematizaban a Cristo, por lo que pasaba. Llegó las 7 de la noche y aquel hombre caracterizado por su grandilocuencia, nos anunciaba aquel ya no fortuito desastre, simplemente había empezado, y la mera vida tenía razón, todo estaba acabado.
por: Angel Rodríguez
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario